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Las corridas de toros en La Habana

Toros en CubaEs cierto que se ha escrito bastante sobre las corridas de toros en Cuba, pero probablemente no se haya reflexionado mucho sobre el tema, y sin embargo, cabría hacerse al respecto una pregunta tan  interesante como esta otra: ¿por qué, siendo Cuba una isla “rodeada de agua por todas partes”, y habiendo tenido en La Habana los mejores astilleros del Nuevo Mundo durante la etapa colonial, no hemos inscrito en el libro negro de la piratería internacional más que el nombre de un gran pirata cubano?

Pues igual cabría cuestionarse cómo es que tuvimos corridas de toros, uno de los deportes más sangrientos y peligrosos que el hombre haya inventado, en esta isla tan dulce, llena de sol, de playas más tranquilas que platos, de ron y mascabado, de mulatas de rumbo, de música y de erotismo al por mayor?.

O como dijo Rafael Suárez, ese excelente y olvidado periodista de la República: isla de gente que anda inefablemente desnuda, con un tabaco en la boca y un cocuyo en la mano. Gitanos, flamenco, majas, fiereza y toros son ingredientes inseparables de una fórmula existencial perfectamente combinada, pero… ¿cómo diablos ensamblan la rumba, la esclavitud, La Bayamesa, los bailes en el Palacio de los Capitanes Generales, las oliváceas criollas incitantes y… los toros? Pues era inevitable, tenía que suceder, como un karma de esos que no se pueden despegar ni jalando con todas las fuerza de Hércules, que en Cuba las lidias sufrieran ciertas pequeñas transformaciones que las despojaron de su adrenalina tan cruel para acercarlas a ese espíritu impregnado de fiesta sin consecuencias tan propio del alma risueña del criollo antillano, que si de de hacer pelear bichos se trataba, daba siempre su voto más fervoroso a las riñas de gallos.

Según datos de investigadores acuciosos, parece que las primeras corridas tuvieron lugar en la provincia de Oriente, allá por  los tiempos remotos de 1534, y aunque la lidia nunca gozó de la preferencia de los naturales del país, fue un deporte que se practicó hasta el siglo XIX.

El espectáculo, heredado de la madre España —donde sí era al duro y sin guante y hasta sus últimas consecuencias—, se llevaba a cabo en La Habana en unas plazas habilitadas frente al castillo de La Fuerza. Hubo corridas en Regla en los años comprendidos entre 1812 y 1815. Poco después se construyó otra en una franja de terreno entre las calles Águila y Amistad, que duró un breve lapso, sin que esta periodista pueda ofrecer explicación alguna sobre las causas de su clausura. En 1883 —y nótese lo avanzado de la fecha— existían en la capital tres cosos taurinos: el ya mencionado de Regla, y otros dos en Carlos III y Marianao. El último en cerrar sus puertas fue el reglano, que lo hizo en 1898. Existe información sobre funciones ofrecidas en el estadio de El Cerro.

Si los principales y, tal vez, únicos mataores que actuaban en esas funciones provenían de España, los toros, en cambio, solían ser ejemplares del patio, sin ninguna relación con las grandes razas de lidia criadas en la Península, cuyo pedigree ha conquistado fama internacional. Y siguiendo esa tendencia natural del alma cubiche a no tomarse nada demasiado en serio, los instrumentos por excelencia de los toreros, la espada y las banderillas, se construían de madera y se las forraba en papel crepé de colores, y el único uso que se les daba sobre la arena era mostrar el valor y la destreza de los toreros.

También, y como entusiasta medida de precaución, se redondeaban y limaban con cuidado las astas del toro, de modo que jamás fuera posible asistir a esas cornadas tan excitantes que traspasan la caja torácica del torero de parte a parte, le sacan al aire las vísceras, y hacen que se levante como un solo hombre la multitud de las enormes plazas españolas, mientras grita enardecida un salvajísimo “¡Olé!”.

Hubo un tardío brote de corridas —impulsado sin duda por gachupines atenazados por la nostalgia— que tuvo lugar en 1908, cuando fue construida una plaza en la finca Los Zapotes. Aquel espacio (donde dieron exhibiciones los mejores toreros españoles que pasaron por La Habana) existió hasta 1940, año en que la finca fue vendida y posteriormente parcelada para la construcción del reparto California. Se dice que entre los asistentes estuvieron personalidades tan ilustres como los presidentes José Miguel Gómez y Alfredo Zayas.

Paradójicamente, quienes acabaron con las corridas de toros en Cuba no fueron sus odiosos rivales galleros, ni ninguna asociación de ciudadanos piadosos amantes del reino animal, sino los interventores norteamericanos, quienes en 1899 promulgaron una Resolución donde se prohibían las manifestaciones de ese deporte en la Perla de las Antillas, orden ratificada en 1900 por Leonard Word. El béisbol y las carreras de caballos y de galgos, típicas de la cultura norteamericana y nada cruenta, tenían a su favor el hecho de promover el lucrativísimo negocio de las apuestas, así que, gustase o no, ocuparon pacíficamente el lugar de los toros. Y este fue el inicio de la historia de cómo los cubanos nos convertimos en peloteros.

 

Categoría: Especiales