Che, faro de resistencia y fe
El primogénito de Celia de la Serna y Ernesto Guevara Lynch, vino al mundo el 14 de junio de 1928 en Rosario, Argentina. Ese día, nuestra América comenzó a sentir su noble corazón vibrando. A los dos años el primer ataque de asma asusta a la familia Guevara de la Serna y deciden irse a vivir a Alta Gracia, ciudad cabecera del departamento Santa María, provincia de Córdoba, Argentina. El niño se repone, lucha contra la enfermedad crónica, se resiste a las limitaciones que sugieren los médicos.
Actualmente, es una de las personalidades ilustres de Alta Gracia, y la casa donde vivió, el Museo Casa de Ernesto «Che» Guevara. Lejos estaban sus padres de imaginar que aquel pequeño, quien no podía ir a la escuela por los continuos ataques de asma, se convertiría en guerrillero de América, en uno de los hombres con mayor impacto entre los revolucionarios del mundo.
La pasión por la lectura llegó con una fuerza que lo acompañaría hasta el fin de sus días. Economía, política, historia, arte, estrategia militar y otros muchos temas conectaron con un espíritu intenso. Obras de Carlos Marx, Federico Engels y Lenin encienden el ingenio de un adolescente que sentía la fuerza del mundo en la puerta de su habitación.
Cuando en 1941 la familia se traslada a Córdova, empiezan a llegar los amigos a su vida. Jugando fútbol conoce a Alberto Granado, con quien realizó un recorrido por Chile, Colombia, Venezuela y Perú. Al regresar sus notas revelan una transformación determinante en su fe revolucionaria: “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule, yo, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí”.
La Habana recuerda al hombre de mirada profunda y ojos luminosos que llegó con la libertad a flor de piel. El olor de los campos cubanos palpitando en su sangre y la palabra revolución convertida en presente. Los días fundacionales de la Revolución Cubana regresaron la niñez a su mirada, la confirmación de un amor por otra tierra que le sigue adorando como un hijo. A nacer, una y otra vez, nos ha enseñado Ernesto Guevara, a levantarnos en medio de pandemias, a resistir y a enviar profesionales de la salud por el mundo en un gesto de humanidad sin precedente. Alertas, debemos seguir alertas aun cuando las cosas parece que marchan bien, es una lección guevariana que puede salvarnos en este y los tiempos que vendrán.
La sonrisa de aquel pequeño que vio la luz en el otro borde de América, en Rosario, Argentina, es faro de resistencia y fe en este siglo XXI. El Che siempre lo supo y prefirió que lo entendiéramos por nuestra cuenta, con los golpes de la vida. Llegará el día en que nuestra raza milenaria desde el Río Bravo hasta La Patagonia sea una sola voz. Guevara lo sabe.
fny
