Ada Byron: visionaria y pionera de la informática

Ada Byron: visionaria y pionera de la informática. Foto: Internet.

Aún quienes no son lectores de poesía han oído alguna vez la historia de George   Gordon, lord Byron, uno de los más grandes poetas románticos ingleses, gran amador, protagonista de una relación incestuosa con su propia hermana, espadachín, duelista, aventurero finalmente muerto en la batalla de Misolongui, Grecia, a la temprana edad de treinta y seis años, y que, según una antigua tradición de esa aristocrática familia, era el límite de la vida de sus miembros. Había ido allí como un auténtico internacionalista, apasionado por la lucha del pueblo griego contra los turcos. Pero hay un aspecto de su vida que se conoce mucho menos: fue el padre de la primera mujer programadora de la Historia, y para muchos, la primera creadora de un software de programación.

Augusta Ada King, condesa de Lovelace, nació en Londres el 10 de diciembre de 1815, del matrimonio legítimo entre lord Byron y Anne Isabella Noel, para nada interesada en poesía pero sí mucho en las matemáticas, a lo que hay que añadir que también fue activista política y social.  Aunque al conocer que le había nacido una hembra y no el varón que deseaba como heredero, Byron sufrió una decepción, como todo aristócrata que se respete, pero al parecer le duró poco. Un mes después del nacimiento de Ada, Byron, enamorado de su hermana Augusta, se separó de su esposa y le ordenó regresar a la casa paterna con el bebé, entonces de cinco meses, orden que la mujer obedeció. Cuatro meses después, acosado por sus acreedores, huyó de Inglaterra. Su legado para su hija fue un poema muy tierno: «¿Es tu rostro como el de tu madre, mi bella hija? ¡ADA! Hija única de mi casa y mi corazón». Técnicamente no es un buen poema, pero los versos son sinceros y muestran que Byron pudo ser un amante desnaturalizado, pero como padre fue un hombre muy normal. No reclamó la custodia de Ada, pero encomendó a Augusta que lo mantuviera informado sobre todo lo referente a la criatura. Ocho años más tarde murió sin haber vuelto a ver jamás a su hija.

Quienes hayan leído novelas decimonónicas de autores ingleses, Jane Eyre u Orgullo y prejuicio, por ejemplo, tienen una idea de cómo eran las damas de la aristocracia inglesa en aquel tiempo:  más o menos tan estiradas y desdeñosas como ahora, pero con peluca y trajes complicados. También la literatura inglesa retrata muy bien las distantes, exigentes y poco afectuosas relaciones de aquellas madres con sus hijos. Las damas inglesas estaban muy conscientes de que parían y educaban herederos para que se hicieran cargo de títulos de abolengo, enormes propiedades y, en ocasiones, poderosas posiciones sociales y fortunas. Eran las mantenedoras de un rígido orden social que no estaba destinado cambio alguno, por más que ellas mismas se permitieran ciertas libertades personales, en especial de índole intelectual.

Pese a haber sido una pequeña de salud frágil que pasaba largas temporadas postrada, la madre de Ada Byron le impuso sus primeros preceptores e institutrices a la muy temprana edad de cuatro años. Ada no podía jugar con otros niños y sus días transcurrían entre clases de música, inglés, francés, aritmética, lecturas intelectuales y confraternización con destacadas figuras de la sociedad cultural londinense, entre ellas el novelista Charles Dickens. La gran dama no quería que en la vida de Ada quedara el más mínimo resquicio por donde pudiera colarse la locura dionisíaca de los Byron. Ada, sin embargo, se inclinó hacia la poesía, pero sobre todo a las matemáticas, que fueron su gran pasión, al extremo de que en sus largas convalescencias se distraía estudiándolas. Tenía tantos dones intelectuales y tan diferentes entre sí, que encaja perfectamente en la moderna definición de cerebro polímata.

Cuando tenía ocho años le fue comunicada la muerte de su padre, y dos años más tarde su madre, según era costumbre en la alta sociedad inglesa de la época, emprendió un largo viaje por el mundo en compañía de un nutrido grupo de amigos y conocidos, en el que llevó a Ada. Pero meses después, mientras hacía vida social de balnearios y otras distracciones propias de su clase social, confinó a Ada en el castillo de Bifrons, una mansión de campo muy alejada de la ciudad, donde no había entretenimientos adecuados para una niña de once años, por lo que Ada se entregó a su propia imaginación. Combinó el estudio de las matemáticas con una auténtica obsesión por volar y quería inventar una máquina que le permitiera moverse en el aire. Comenzó por una investigación con el fin de construirse unas alas: analizó el papel, la seda, aceite, alambres y plumas. Como antaño el sabio, ingeniero, arquitecto y pintor italiano Leonardo da Vinci, Ada estudió durante años la anatomía de las aves para determinar la proporción correcta entre las alas y el cuerpo, y creó muchos bocetos de su soñado proyecto. Escribió un libro que tituló Flyology, donde ilustraba algunos de sus hallazgos. Decidió qué equipo necesitaría; por ejemplo, una brújula, para «atravesar el país por el camino más directo», para poder sobrevolar montañas, ríos y valles sin perder el rumbo.

Como es costumbre en la alta sociedad inglesa, a los dieciocho años Ada hizo como de- butante su presentación en sociedad, y comenzó a participar en fiestas y otros eventos de la Corte, donde conoció a Charles Babage, un señor de cuarenta y cuatro años que trabajaba en la creación de una calculadora mecánica que funcionaba sin ayuda de persona, a la que él llamaba máquina diferencial. Ada le confió su interés en una máquina de reciente invención: el telar de seda de Joseph Marie Jacquard. A ella le maravillaba la posibilidad de idear y construir máquinas como la de Jacquard, que “permitieran al ser humano controlar procesos que anteriormente eran incontrolables o lo eran de una forma errática”. Sus intereses comunes hicieron nacer entre ellos una amistad que duró hasta la muerte de Ada y sobrevivió al matrimonio de esta con William, lord King, aristócrata de muy poderoso e influyente linaje, y al nacimiento de los tres hijos de la pareja.

La máquina analítica de Babage renovó en Ada su interés por construir un artilugio capaz de volar. Tradujo para Babage un artículo sobre la máquina escrito por un ingeniero militar italiano, al que agregó un nutrido conjunto de notas tomadas por ella misma que reflejaban sus reflexiones sobre el texto del italiano y el trabajo de Babage. Estas notas contienen lo que hoy se considera como el primer programa de ordenador, esto es, un algoritmo codificado para que una máquina lo procese.

Es conocido el prejuicio sempiterno e inamovible de la comunidad científica contra la capacidad intelectual de las mujeres, por lo que el honor de haber sido la primera programadora le ha sido discutido a Ada Byron, sobre el argumento de que cuando ella y Babage comenzaron su colaboración, este ya tenía escritos los primeros programas para la máquina, como demuestran las notas personales de él, que se han conservado. Pero los defensores de Ada esgrimen como contrargumento el hecho de que mientras Babage no pudo o no estuvo interesado en ver las posibilidades de su invento para hacer algo más que calcular números, Como no soy entendida en el lenguaje informático, prefiero acudir a varios fragmentos de Wikipedia para consignar aquí cuáles fueron los aportes de Ada Byron a la máquina de Babage y cómo ella le encontró aplicaciones con las que el científiço nunca había soñado:

Ada dedica gran parte de su estudio a describir con un lenguaje muy técnico cómo funcionaría la máquina analítica, pero también ofrece una serie de observaciones que dejan clara su aportación teórica. Ella distinguía con claridad entre datos y procesamiento; este pensamiento era revolucionario en su tiempo. Ada aspiraba a crear la informática, que ella llamaba la ciencia de las operaciones. Se dio cuenta de las aplicaciones prácticas de la máquina analítica y llegó incluso a vislumbrar la posibilidad de digitalizar la música. Escribió en las Notas:

» Supongamos, por ejemplo, que las relaciones fundamentales entre los sonidos, en el arte de la armonía, fueran susceptibles de tales expresiones y adaptaciones: la máquina podría componer piezas musicales todo lo largas y complejas que se quisiera».

Ada expresa con claridad las tres funciones que podía cumplir el invento de Babbage: procesar fórmulas matemáticas expresadas con símbolos, hacer cálculos numéricos (su objetivo primordial) y dar resultados algebraicos en notación literal.

«[La máquina analítica] podría actuar sobre otras cosas además del número, se encontraron objetos cuyas relaciones fundamentales mutuas podrían ser expresadas por las de la ciencia abstracta de las operaciones, y que también deberían ser susceptibles de adaptaciones a la acción de la notación operativa y el mecanismo del motor … Suponiendo, por ejemplo, que las relaciones fundamentales de los sonidos en la ciencia de la armonía y de la composición musical fueran susceptibles de tal expresión y adaptaciones, el motor podría componer piezas de música elaboradas y científicas de cualquier grado de complejidad o medida.»

Sin embargo, pese a su apasionamiento por las matemáticas y la máquina de Babage, y su naturaleza impetuosa y soñadora, Ada comprendió que la máquina no podía ofrecer información que no conociera con anticipación. No podía prever ni “adivinar”. Lo comprendió cuando intentó que la máquina la ayudara a ganar apuestas en las carreras de caballos.

Ada murió de cáncer de útero, y como prescribía la tradición familiar, a los treinta y seis años de edad. En 1953, en el centenario de su muerte, su trabajo fue publicado con su nombre.

Se le reconoce como la creadora del uso de las tarjetas perforadas en programación, y también mencionó la existencia de ceros o estado neutro en las tarjetas perforadas siendo que las tarjetas representaban para la máquina de Babbage números decimales y no binarios. Hoy su trabajo es universalmente reconocido y sus méritos honrados. Aunque su madre no le permitió ver el retrato de Byron hasta que Ada cumplió veinte años, cuando entró en agonía ella pidió ser enterrada junto a su padre en la abadía de Newstead.

Entre los muchos homenajes que la comunidad científica le ha rendido, está el lenguaje de programación Ada, creado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, nombrado así en honor a ella. El manual de referencia del lenguaje fue aprobado el 10 de diciembre de 1980, y al Estándar de Defensa de los Estados Unidos para el lenguaje MIL-STD-1815 se le dio el número del año de su nacimiento.

fny

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